miércoles, 9 de febrero de 2011

LO NIÑO QUE NO LLEGÓ A MADURAR.

El verano que mi hija cumplía 3 años, Barcelona trajo a su museo del antiguo Egipto la tumba de Tutankamon.
El verano de 2009 en el que la estrella azul y roja parecía querer llamar la atención,como si nadie viera sus descarados destellos. Una noche de finales de Agosto ,al sentir que era la única que estaba valorando su descaro,quise fotografiarla con una cámara digital,con un flash al infinito de enfoque nocturno.
Lo que en el cielo vi fue todo el hermoso tapiz de figuras sagradas del antiguo Egipto, encabezados por un dragón de cara agradable. Todo era real y perfecto,invisible de no ser por esa llamada rojiazul que me mostró la belleza holográfica de las almas sagradas.
Jamás pude sacar esas fotografías,ya que la medida de la cámara y el hecho de tener el brillo del cristal de su pantalla, era precísamente lo que me dio la oportunidad de ser la única testigo de esa maravilla que siempre me atrajo,desde que era niña.
Comprendí el término medio en el que yo recibía todo ese mundo escondido tras una noche de iluminada oscuridad celeste. Supe que mi hija no sería nunca ese pequeño rey al que le sacaron las entrañas sus propios padres. Que el alma de lo niño que no llegó a madurar,me daría el noble ejemplo de no darle tampoco a otro niño un ambiente que le quitase las ganas de disfrutar del desarrollo que todos nos merecemos,con sus riñas maternas,y ese cálido beso y abrazo que es igual de necesario.

Así  junté mis ojos y conciencia con un corazón de piedra lleno de huecos,a los que también les había faltado la luz que los quisiera llenar de vida interior.


Todas las historias tienen familia y amigos.

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